Llegó de nuevo esa época del año en el que empezamos a ver las fotos de la gente que se fue de vacaciones a Brasil en el verano y el verde de las venas pasa al corazón, los colmillos salen y pensamos :«De este año no pasa, me voy de vacaciones aunque tenga que hipotecar el gato, la tele y la laptop». Y empezamos vizualizarnos caminando por la arena blanca, retozando bajo el sol o barrenando alguna olita amistosa. Pero claro, también en esas fotos, las amigas que se muestran, pelan lomos, cinturitas, panzas chatas, culos firmes... todo lo que jamás tuviste y que, si seguís en la onda delivery chino y pastas, jamás tendrás. Esto acarrea promesas de dietas, compras de cereales y yogures, granolas, frutas y visitas a la góndola del farmacity donde están los productos para engañar, digo, para adelgazar. Entonces una se deprime, y jura por su abuela, que en paz descanse, que va a para de morfar, en vez de tomar el cole, va a ir en bicicleta o caminará, que cambiará el alfajor por una manz...