Los supervisores

miércoles, 11 de mayo de 2016

Las cosas (y los casos) por su nombre

Dicen los que saben de astrología que la personalidad está en realidad más marcada por tu ascendente zodiacal que por tu signo; o sea, si sos de escorpio, pero tenés ascendente en piscis, vas a ser un cabrón un tanto místico, por ejemplo. Ahora, ¿será que en cuanto a nuestros nombres puede suceder algo parecido? ¿Qué tal si el segundo nombre, ese que nadie usa y que se suele ocultar por vergüenza y suscita cargadas en el colegio cuando tus compañeros lo averiguan, es el que en realidad marca tu destino? ¿Qué pasaría si más que "Marías" y "Juanes" fuésemos "de los Ángeles" o "Ignacios"? ¿Y si el verdadero significado de nuestras vidas estuviera signado por ese otro elemento de nuestra nomenclatura personal?
Convengamos también, entonces, que las personas más sencillas y descifrables serían aquellas que tienen uno solo. Esos tendrían todo clarito y sin prolegómenos: Ana a secas, Sandro y listo... No hay más misterio por resolver. Son lo que hay, como el arroz con arroz que comen los estudiantes lejos de casa a fin de mes.
Mientras, aquellos con padres indecisos que cuentan con tres o más, tendrían las personalidades más intrincadas y complejas y serían casi imposibles de descifrar, pudiendo ocultar su verdadera naturaleza en la variedad de posibilidades que mostrase su DNI. Serían personas enroscadas y variables, indescifrables más allá de toda conjetura.
Debiéramos tener en cuenta entonces que, a la hora de auto analizarnos y querer poner nuestros patitos en fila, el segundo nombre podría arrojar ciertas pistas sobre la "nosotredad" que nos atañe.
Mi caso particular servirá de ejemplo: "Mariana SOLEDAD". Analizado etimológicamente (a los ponchazos, como debe ser todo delirio de mi parte) vendría a significar algo así como "soledad de María". Qué nombre bajón, posta. Cuando estaba por nacer, me habían mandado a hacer una placa para la pieza que decía "Alba Mariana"; estaba en la recta final para tener un nombre muy católico new age pero el destino (o más bien, mi viejo) me jugaron una mala pasada y terminé con un nombre un toque deprimente y una placa de lo que debiera haber sido.
Ahora, el detalle: soy hija única y tengo una colección de amigos, conocidos y afines con los que permanezco en constante contacto, porque sentirme sola me pega mal. Sin embargo, resguardo mis cosas, mis espacios y mis rituales, disfruto de estar sola cuando necesito estarlo y, cuando pinta, invito a unos pocos elegidos a compartir conmigo ciertas partes de estas intimidades cotidianas.
Visto así, tan loca no suena la teoría...